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Las madres en situación de vulnerabilidad social
Las que más sufren las tensiones por conciliar las responsabilidades laborales y familiares.
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Links a la nota:
La desventaja de las madres vulnerables para el cuidado de sus hijos e hijas
Reflexiones finales
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En las últimas dos décadas se ha registrado un sostenido crecimiento de la tasa de participación laboral de las mujeres de 14 a 49 años de edad en la Argentina, siendo las principales responsables de este crecimiento aquellas con responsabilidades familiares.
Basta mencionar que la tasa de participación laboral de las madres se duplicó: pasó de 35,6% en 1984 al 61,2% en 2006. En consecuencia, hoy ellas comparten con sus cónyuges la responsabilidad de sostener económicamente a sus familias, ya que gracias al trabajo remunerado que tienen aportan en promedio el 47,6% del ingreso total del hogar (ITH) (Lupica C. y Cogliandro G., 2009).
Pese a estos notables avances de las madres en el ámbito productivo, no se ha modificado el reparto tradicional de las responsabilidades de las tareas del hogar y de cuidado entre los hombres y las mujeres. Tampoco se ha producido un incremento en la provisión de servicios públicos en apoyo a estas tareas, ni se ha logrado reorganizar la vida social.
En efecto, ellas continúan en la actualidad siendo las responsables casi exclusivas de esas tareas y, en consecuencia, muchas han limitado su tiempo de descanso y ocio personal, se afectó su salud física y psíquica, y su calidad de vida se deterioró. Por otra parte, las mujeres debieron adaptar su inserción y desarrollo laboral a sus responsabilidades familiares, lo que resulta en carreras profesionales interrumpidas, lagunas previsionales, salarios bajos y empleos de escasa calidad (Lupica C., 2010).
Pero estos costos son aún más elevados entre las madres de menores recursos socioeconómicos, quienes en la mayoría de los casos, son las principales o únicas perceptoras de ingresos en sus familias, y no cuentan con el apoyo de servicios de cuidados públicos o los recursos necesarios para contratar los que se ofrecen en el mercado.
El resultado, es que las desigualdades socioeconómicas se refuerzan, ya que a mayores recursos más probabilidades existen de acceder a servicios de cuidados de calidad y, por ende, a mejores oportunidades de desarrollo. "Aquellos que disponen de menores recursos para acceder a los cuidados mercantiles y que tienen más cargas de cuidado acumulan desventajas por el mayor peso del trabajo doméstico familiar, por las dificultades en el acceso a los escasos servicios públicos y la necesidad de recurrir a cuidadoras informales" (Batthyány, K. 2009: 3).
Las desventajas laborales de las madres en situación socioeconómica desfavorable
La evolución de la participación laboral de las madres en las últimas décadas ha sido creciente, pero la trayectoria o desarrollo laboral ha sido diferente según las condiciones socioeconómicas de los hogares a los que pertenecen.
En primer lugar, la inclusión laboral creció más entre las aquellas en mejor situación socioeconómica: las madres no pobres aumentaron en 17,5 puntos su participación, las madres pobres en 13,9 puntos y las madres indigentes en 7,4 puntos.
En segundo término, mientras la tendencia en la participación laboral entre las madres en condiciones socioeconómicas favorables es creciente y constante, las pobres e indigentes ingresan masivamente al mercado laboral en épocas de crisis y se retiran en momentos de bonanza. Por ejemplo, tal como puede observarse en el Gráfico 1, después de la hiperinflación de 1989 el indicador de participación laboral de las madres pobres e indigentes pasó de 33,8% a 46,8% y de 31,4% a 49,2% en un año, respectivamente, mientras que en 1991 disminuyó a 29,5% y 33,9%, respectivamente.
Esto es así porque entre las madres en situación de pobreza e indigencia el trabajo es una exigencia para proveer de ingresos a sus hogares, a diferencia de las madres no pobres, para quienes la actividad remunerada en el ámbito laboral forma parte de un proyecto de realización personal.

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Como resultado de estos comportamientos dispares se configura en el presente una realidad laboral desigual en detrimento de las madres en situación de pobreza e indigencia, cuya participación en el ámbito productivo es menor: ingresa al mercado de trabajo el 66,1% de las madres no pobres, el 48,9% de las pobres y el 47,1% de las indigentes.
En tercer término, prácticamente la totalidad de las madres en situación de vulnerabilidad se insertan en trabajos de escasa calidad: el 94,6% de las madres pobres están insertas en un trabajo de baja calidad (56,2% tiene un trabajo informal y el 38,4% trabaja en el servicio doméstico) y casi la totalidad de las madres indigentes (98,3%) lo está.
La sobre representación de las mujeres pobres en empleos precarios, vulnerables y con bajas remuneraciones se explica por sus menores niveles educativos y sus escasos recursos y herramientas para conseguir otro tipo de trabajos. Pero también, porque la precariedad e informalidad se convierten en mecanismos de conciliación para muchas mujeres con responsabilidades familiares que desean trabajar pero no pueden dejar de realizar las tareas del hogar y de cuidado (Lupica, C., 2010).
Así, la ausencia de horarios y lugares de trabajo fijos posibilita a las mujeres asumir, en paralelo a un trabajo remunerado, las responsabilidades familiares y las tareas domésticas. Pero el resultado no es para nada óptimo. Las responsabilidades que las empujan a insertarse en la economía informal, las llevan también a un callejón sin salida de empleos de mala calidad carentes de protección social (OIT-PNUD, 2009. Citado en Lupica C., 2010).
Con todo, la mayoría de las mujeres en situación socioeconómica desfavorable es el principal sostén económico de los hogares: en promedio, las madres indigentes aportan hasta el 72,5% del ingreso total del hogar. Pese a esta importancia, la proporción del ingreso de estas madres representa apenas una quinta parte del que generan las madres no pobres. Esto, porque las primeras se incorporan a trabajos más precarios que requieren menor calificación que las segundas, logrando por tanto menores ingresos por sus trabajos.
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Adicionalmente, entre las madres menos favorecidas en lo socioeconómico son mayores las probabilidades de tener mayor cantidad de hijos e hijas, lo cual dificulta aún más la realidad de esas mujeres: ellas necesitan salir a trabajar y obtener mayores ingresos para sostener económicamente hogares más numerosos, pero no siempre cuentan con los apoyos o servicios de cuidado necesarios para atender a sus hijos e hijas mientras están fuera de sus hogares.
Como se muestra en el Gráfico 2, en el período de estudio más reciente (2003-2006), el 65,7% de las madres con hasta dos hijos/as tomaba parte en el mercado de trabajo, porcentaje que disminuye al 59,6% de las que tienen entre tres y cuatro, y al 51,8% entre las que tienen más de cuatro hijos/as.
No obstante, es deseable destacar que a lo largo de los últimos veinte años la brecha en la participación laboral entre las madres con mayor y menor cantidad de hijos e hijas se ha suavizado. Eso se debe a que el incremento en la participación laboral de las madres ha sido mayor entre las que tienen más hijos/as: la participación laboral de las madres con entre tres www.o-maternidad.org.ar (Página 4)
y cuatro hijos/as aumentó en 25,7 puntos, las que tienen más de cuatro en 21,9 puntos, mientras que las que tienen menos de dos en 11,4 puntos.
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Estos datos estadísticos permiten constatar la tensión entre el trabajo remunerado y el trabajo del hogar y de cuidado que afecta de manera especial a las mujeres pobres y más prolíficas, quienes incrementaron su participación en el ámbito productivo por necesidad, pero aún lo hacen en una situación de desventaja frente a aquellas en mejores situaciones socioeconómicas y con un número menor de descendientes.
La desventaja de las madres vulnerables para el cuidado de sus hijos e hijas
Si bien es común a todas las madres que trabajan de forma remunerada la tensión por resolver el cuidado de los niños/as mientras desarrollan sus actividades extradomésticas, existen diferencias en el modo de resolverlas en los distintos sectores socioeconómicos.
Las inequidades en la distribución de las tareas de cuidado tanto en el ámbito del hogar como fuera de él aumentan en el caso de las madres que viven en situación de precariedad social.
Al respecto, es aún significativa la cantidad de madres que se encuentran en situación de vulnerabilidad socioeconómica en la Argentina, lo cual se vincula a escasez de ingresos monetarios y bajos niveles de educación formal. Según los datos estadísticos elaborados por el Observatorio de la Maternidad, el 28,6% de las madres viven en situación de pobreza e incluso el 9,1% en situación de indigencia, y el 48,7% de ellas tienen un bajo nivel educativo, es decir no completaron el secundario (EPH, segundo semestre 2006).
La situación de desventaja social padecida por un grupo significativo de madres en este país, acentúa la inequidad en los apoyos y recursos necesarios para resolver las necesidades de cuidado con respecto a las mujeres más favorecidas. Y esto es así, porque entre las madres pobres se incrementan las probabilidades de:
- No contar con la compañía de un cónyuge para la crianza y educación de sus hijos e hijas. Basta mencionar, que un tercio de las madres indigentes viven en familias en las que el vínculo conyugal no existe: el 15,4% de las madres pobres están separadas, 13% son solteras y 2,5% están solas.
- Tener más hijos/as y a edades más tempranas que las mujeres de mayores recursos: las madres indigentes en promedio tienen 2 hijos/as más que las no pobres y son madres 3 años antes. En este sentido, las madres indigentes procrean en promedio 3,7 hijos/as mientras que las no pobres sólo 1,9 hijos/as. Adicionalmente, las madres indigentes tienen su primer hijo en promedio a los 20,7 años y las no pobres a los 24,1 años.
- No tener los recursos económicos necesarios para contratar los apoyos de cuidado que ofrece el mercado y no disponer de los servicios públicos para cubrir esta necesidad.
Respecto a este último punto, es conveniente aclarar que las madres en situación de pobreza no cuentan con los servicios de cuidado y educación infantil que son ofrecidos en el ámbito laboral ya que, al tener empleos precarios e informales, se encuentran fuera del alcance de la Ley de Contrato de Trabajo (LCT). Recuérdese, que en el art. 179 dicha ley establece que los empleadores deben habilitar salas maternales y guarderías en función del número de trabajadoras ocupadas.
Por otra parte, si bien de acuerdo a los datos del Ministerio de Educación Nacional el 92,3% de los niños y niñas de 5 años asiste a la escuela, lo hace sólo el 40% de los que tienen 4 años y el 30% de los que tienen 3 años. Esto significa que existe un déficit en los servicios públicos de educación infantil a edades más tempranas (4 años de edad y menos).
A su vez, eso afecta principalmente a los niños y niñas de menores recursos socioeconómicos. Tal como se puede observar en el Gráfico 3, en la sala de 3 años solo asiste el 24,7% de los niños/as pertenecientes a hogares más pobres, mientras que el porcentaje se eleva al 47,2% entre el sub-universo de los hogares en condiciones socioeconómicas más favorables. La misma brecha que se repite en la asistencia a sala de 4 años e incluso a la de 5 años.
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De esta manera, es alta la probabilidad de que los niños/as de los sectores socioeconómicos menos favorecidos queden al cuidado de hermanos/as mayores, parientes y/o vecinos/as cuando sus madres y padres salen de la casa. Otra opción comúnmente utilizada por estos grupos poblacionales, son las organizaciones comunales o barriales, las cuales son atendidas por mujeres del mismo barrio, cuyo trabajo de cuidado –que no siempre es considerado trabajo o se realiza en condiciones de precariedad laboral, y a cambio de escasos ingresos o un plan social– permite que otras madres puedan salir a trabajar fuera del hogar.
Así, ante la ausencia de políticas o servicios de cuidado de provisión pública la cuestión se resuelve de forma privada, al interior de las familias, y de manera muy diferente según la situación socioeconómica de pertenencia. En efecto, queda en mano de las familias, y hacia su interior de las mujeres, la posibilidad de contratar servicios de cuidado en el mercado o asegurarlos mediante el apoyo de relaciones de parentesco, amistad, o vecindad. Todo lo cual, tiene consecuencias directas en las oportunidades laborales de las mujeres con
responsabilidades familiares, y en las condiciones y calidad de los cuidados que se brinda a los menores y otras personas dependientes dentro de los hogares.
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Reflexiones finales
La tensión para conciliar la inserción y desarrollo laboral con las necesidades de cuidados de los hijos/as es común a todas las madres. Sin embargo, la situación es más compleja para aquellas que se encuentran en condiciones de vulnerabilidad social, es decir, las madres pobres y con bajo nivel educativo. Eso se debe a que son las que tienen mayor cantidad de hijos/as y a edades más tempranas, en muchos casos deben afrontar solas la crianza de sus hijos e hijas, tienen la responsabilidad de aportar los ingresos principales de sus hogares, pero se insertan en trabajos de baja calidad que no les permiten generar los ingresos suficientes para sacar a su familia de la pobreza.
En consecuencia, en la actualidad se pueden observar brechas significativas entre las madres de sectores medios y aquellas más vulnerables respecto a su inserción y desarrollo en el mercado de trabajo y en torno a las estrategias utilizadas para resolver los problemas del cuidado de sus hijos/as, en detrimento de las últimas.
Las madres de los sectores medios cuentan con mayores niveles educativos y de ingreso, pueden optar por enviar a sus hijos/as a jardines infantiles ofrecidos en el mercado o contratar servicios de apoyo para realizar las labores domésticas y de crianza. En contraposición, las madres pobres y más prolíficas tienen que salir a trabajar porque aportan el único o principal ingreso al hogar, se insertan en puestos laborales precarios y reciben escasas remuneraciones, no cuentan con servicios públicos de cuidado y deben dejar a sus hijos e hijas al cuidado de hermanos/as mayores, vecinas/os o instituciones barriales o comunales. Todo lo cual, exacerba la tensión por conciliar trabajo y familia que padece este grupo de madres, y afecta la calidad de los cuidados que reciben sus hijos e hijas.
De esta manera, se pone de manifiesto la necesidad de apoyar socialmente de manera especial a las madres en situación de vulnerabilidad social, para que puedan ejercer su doble rol de madres y trabajadoras. Lo cual, constituye un derecho básico de todas las mujeres en la actualidad y un requisito esencial para revertir la situación de desventaja social en la que crece y se desarrolla una proporción importante de niños y niñas en la Argentina.
Fuente: http://www.o-maternidad.org.ar
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