viernes, 19 de diciembre de 2014
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Cine en blanco y negro - por Alicia Weiss

Allá, a lo lejos en el tiempo, pero tan fresco en mi memoria rioplatense, había un sábado, el último del mes que todos los niños del campo esperábamos ansiosos. A las siete de la tarde nos dábamos cita todos muy compuestos, perfumados y con moneditas en nuestros bolsillos frente al gran galpón de la cooperativa. Y allí estábamos, en fila, esperando ansiosos por entrar para vivir una gran aventura.

 

En esas épocas llegaba, tras una gran polvareda, Don Iván manejando su camioncito azul, la segunda guerra lo había traído a estas costas del Río de la Plata. Vino solito de su querida Ucrania natal a nuestros ávidos ojitos de niños. Él todo era una geografía tan grande y corpulenta: con su carota de chapas coloradas, los cabellos rubios como nuestros trigales, sus generosas manotas y una grandísima sonrisa. Don Iván nos abrazaba a cada uno y nos regalaba con un pícaro guiño un dulce, ¡era una fiesta!

 

Don Iván era una persona muy prolija. Llegaba muy temprano y ayudado por su único hijo Juan (morocho, bajito y muy sonriente) barrían con gran esmero el galpón, luego colocaban las viejas sillas de lata de la tribuna del único club de fútbol de muchos kilómetros a la redonda; también disponían un largo, grueso y negro cable desde el camioncito (donde estaba el generador de energía) hasta el inmenso y pesado proyector. La esposa de Don Iván y madre de Juan, con su falda larga llena de volados floreados y su cara coronada por un digno rodete, se paseaba entre los dos improvisados pasillos con un cajoncito repleto de pastillas de menta, galletitas redondas y dulces, y chocolatitos con figuritas… La condición para comprarle era no hacer alboroto en la improvisada sala, cosa que nunca se cumplía.

 

Las familias iban llegando. Unas en sus regios vehículos, otras en carretas tiradas por magníficos caballos. Afuera del galpón-club-cine era el atardecer y se iban formando grupos de familiares, vecinos, amigos entrañables, y junto a los niños que formaban una cofradía singular, comiendo, jugando y tomando de la botella a grandes sorbos una rica y chispeante limonada.

Cuando Don Iván (“el oso blanco” le llamábamos nosotros los irreverentes niños) ayudado por un aparatoso silbato plateado llamaba para entrar a la función se daban unos instantes de gran silencio. Primero los niños entrábamos a toda prisa, luego las damas muy guapas y, luego, los señores de traje y corbata que se quitaban su riguroso sombrero. Sólo los perros del vecindario quedaban afuera cuidando las primeras estrellas.

 

¡Qué emoción! Sentaditos en conventual silencio, se apagaba el

único foco de luz, y comenzaban a rodar las películas. Al principio, un corto con noticias; luego, uno de villanos y cowboys; y, por último, siempre una película muy esperada. Por ejemplo, “El gordo y el flaco” o los primeros documentales con vistas de lejanos y exóticos países y costumbres.

 

Muchísimas veces esas cintas tenían el acetato tan maltrecho que en lo mejor de la acción se cortaban y ¡adiós película!... Don Iván prendía la luz, tras ensordecedores silbidos y, con gran calma, agitaba sus brazos diciendo:

 

- Muchachos esperen un poquito que viene lo mejor.

 

Pero si la rotura no tenía arreglo inmediato, Don Iván, vestido con su eterno y gran mameluco azul, se paraba frente a la importante pantalla oficiada por dos blancas sábanas en la pared y con el estruendoso silbato lograba por unos instantes la atención de todos y decía:

 

- El muchachito se enamora de la mujer, se abrazan y… fin.

 

Y otra vez con la música del silbato el galpón-club-cine se vaciaba esperando al próximo mes, ansiosos por ver muchas cintas divertidas… y con final.

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