En la patricia casona de los abuelos, “El Ceibo”, había, desde sus comienzos, un árbol muy alto y de gran porte. Todos los amaneceres los pajarillos despertaban en su gran copa, trinando alegremente y agradeciendo al creador por un nuevo día, inundado de sol. Y así pasaron muchísimas primaveras, veranos, otoños e inviernos. Pero, un invierno, donde el viento ululaba ferozmente, el árbol rendido por tantos soles, lunas y tormentas, cayó.
Era tal el fragor de la tormenta, que los moradores de la casona no escucharon su agonía y como adormecido de tanta vida, tumbado en la hierba quedó. Una mañana paseaban por el sendero, que llevaba a la casona, una joven y enamorada pareja, Luis Alberto y María Adelaida. Iban felices cantando y tejiendo mil ilusiones, pues en unas cuantas lunas su tan esperado bebé llegaría, y sería en la próxima primavera. Venían tomados de la mano, se detuvieron, sentándose unos instantes a descansar y compartir una barra de rústico chocolate con pan casero.
Cuando, de pronto, sus ojos encontraron al unísono al añoso árbol, el de los juegos infantiles y las estivales meriendas, compartidas por ambas familias en las
vacaciones largas ¡Y fue todo un instante, cual centella, la idea que pasó en ambos! Hacer la cunita más luminosa, cálida y musical que esta saga familiar haya tenido memoria. ¡Y así fue!
A la mañana siguiente Luis Alberto junto a sus hermanos, cuñados, suegro y padre, llegaron al lugar con los elementos adecuados, trozando una porción del noble árbol, la que transportaron hasta el galpón de las tareas rurales.
Entre todos, comenzaron a trabajarla desde el centro, formando un cálido hueco, hasta que el tamaño fue el adecuado. Tiempo más tarde lo lijaron y pulieron con tanto esmero, hasta comprobar que la superficie había quedado tan tersa, al igual que la pielcita de los bebés. Cuando estuvo terminada la primorosa cunita irradiaba su clara madera un aroma ancestral a vibrante bosque, coronada de dulces trinos.
Las tías del bebé por venir desmotaron la virgen lana de la pasada esquila, la lavaron y secaron sobre la cuerda. Luego, con ella hicieron un mullido colchoncito. La tela que lo contenía estaba cuajada de mil estrellitas. También bordaron hermosas sabanitas, y María Adelaida, madre feliz, tejió las mantitas de blanco inmaculado.
Un día de primavera, cuando la cunita estuvo pronta, y amaneció con gran lluvia, María Adelaida y Luis Alberto supieron que ese era el momento supremo y maravilloso de sus vidas, porque estaba llegando su bebé, la dulce y esperada Aída Esther. ¡Fue todo tan rápido! La vida no pide permiso para entrar, irrumpe majestuosamente.
Al atardecer un inmenso Arco Iris iluminaba la dulce carita de Aída Esther, que plácidamente dormitaba en su confortable cunita, protegida por la embelezada mirada de sus noveles padres y rodeada por la familia y amigos, unidos todos por el calor más fuerte y puro, que el ser humano pueda sentir. ¡El don del Amor!