La hora de la comida puede ser, en muchos casos (o en muchas casas) la pesadilla de las madres. Compartimos 7 premisas para estar mejor preparados:
1- El ser humano cumple ciertas etapas en función de su crecimiento. En los primeros seis meses de vida, los hijos incorporan grandes cantidades de tejido graso y crecen aceleradamente, entonces, demandan mucho alimento. Este requerimiento empieza a disminuir a partir de los seis meses. Entre el año y los tres años, atraviesan una etapa de inapetencia fisiológica, que es funcional y, de alguna manera, hay que respetarla. Nuevamente, durante el preescolar, la formación de tejido graso y el crecimiento aumentan y, por consiguiente, las demandas de energía son mayores y necesitarán consumir más alimentos.
2- Los especialistas afirman que las fluctuaciones del apetito son normales siempre que el chico se mantenga activo y crezca de una manera normal. Es decir, que esté y se lo vea sano, que tenga una estructura ósea bien desarrollada, un peso armónico de acuerdo con la estatura, una expresión alerta y despierta, pelo brillante, estabilidad emocional, hábitos de sueño saludables, resistencia a la fatiga, tránsito intestinal regular y, también, buen humor (para estar seguros de que estas variables son sanas, nada mejor que consultar al pediatra con periodicidad lógica).
3- A partir del año y medio, inician un período de socialización, de incorporación de hábitos alimentarios y, también, de selección. Comienza a variar su apetito y su interés por la comida. La ingesta de leche disminuye considerablemente, algunos alimentos son rechazados o se toman con impaciencia. Puede ocurrir, también, que quiera mucho un alimento y luego lo abandone.
4- Tengamos claro que los chicos tienen una sabiduría natural frente a sus necesidades fisiológicas y que se come por necesidad, no por obligación. La conducta alimenticia necesita una guía y nadie mejor que la madre para valorarla.
Las fluctuaciones del apetito son normales
siempre que el chico se mantenga activo
y crezca de una manera normal.
5- La consulta al pediatra por inapetencia suele coincidir con el hecho de que, con el afán de que se alimente, la madre persigue a su hijo con la comida o le ofrece sustitutos que no son nutritivos: golosinas, snacks o bebidas que tienen aditivos y endulzantes. De esta manera, su conducta alimentaria se altera: el chico sabe que, si no come, va a obtener lo que quiere.
6- Pero también la inapetencia puede ser secundaria a una patología aguda. Está dentro de las reacciones normales que un niño no se alimente cuando padece un trastorno respiratorio o gastrointestinal, por ejemplo.
La conducta alimenticia
necesita una guía y
nadie mejor que la madre para valorarla.
Si la inapetencia se ha instalado, hay que verificar el aumento de peso y estatura. Los médicos disponen de tablas de referencia, según el sexo y la edad. Con esta información van evaluando al paciente. Si el chico se aleja de su carril adecuado sin una causa visible, los especialistas estudian si esta inapetencia tiene relevancia en relación con una enfermedad.
7- Todavía más importante, según los expertos, es ver en qué contexto social se está produciendo esa inapetencia. No basta con analizar lo orgánico desde el punto de vista de los nutrientes que se incorporan, sino también observar qué pasa en el marco familiar. Con quién come el niño, si llega del Jardín y se encuentra con una comida preparada, si se trata de un chico que nunca comparte una comida con su madre y sus hermanos, son todos factores relevantes cuando se está frente a un niño inapetente. Hay chicos que, por falta de afecto, no se alimentan.
Fuente: Revista Hacer familia Argentina