Vivimos con la constante sensación de que nos falta tiempo. Las agendas rebalsan, los días no alcanzan y sobrevivimos entre apuros, corridas y fatigas. A veces me pregunto cuánto de todo lo que hacemos es realmente importante, y si el esfuerzo que le dedicamos es equivalente al valor que tiene realmente para nosotros.
Convengamos en que pensar en nuestro matrimonio va más allá de organizar las tareas de cada día. Darle un espacio preferencial es esencial para lograr nuestra felicidad y la de quienes nos rodean. La vida matrimonial es la elección que nos permite concretar un proyecto desde donde desarrollarnos y crecer. Responde a nuestra necesidad de ser queridos y valorados tal cual somos y nos invita a darnos de mil maneras en la construcción de una familia.
¡Qué increíble suena! Sin embargo, día a día, lo que creemos urgente tapa lo importante y, con mucha frecuencia, no somos capaces de revertir esta vorágine. Compromisos sociales que no elegimos, exigencias de trabajo que no sabemos ponderar ni evitar, gimnasio, viajes… todo colma nuestros días y nos devuelve a casa sin fuerzas para cultivar lo que más queremos. ¿Cómo encontrar este espacio entre las múltiples exigencias que nos imponemos? Solamente con una convicción firme: Los tiempos que le dediquemos a nuestra relación serán la base sobre la que edificaremos un proyecto común, que dará sentido y sustento a las idas y venidas de nuestra rutina.

Compartir u olvidar
La relación matrimonial no se improvisa. Un café después de comer, una caminata al caer el día, un desayuno diferente… proponernos encontrar ese espacio que nos permita estar juntos y dialogar es el reflejo de que hemos descubierto qué es lo más importante.
Necesitamos tiempo para hablar “de vos y de mí”, tiempo para saber cómo estamos, cómo nos sentimos y hacia dónde vamos… Tiempos para hacer proyectos, lograr consensos, resolver dificultades. Tiempos irrenunciables, respetados, disfrutados.
Compartir lo que nos pasa refuerza la unidad y aporta una cuota extra de valoración mutua.
Calidad y cantidad
Existe una estrecha relación entre calidad y cantidad de tiempo en la comunicación del matrimonio. La repetición y el contacto frecuente permiten captar el sentido profundo de la otra persona, y crean un marco de referencia para que cada uno logre abrirse con hondura. Para que nuestra relación sea fecunda, necesita de esa profundidad en la comunicación, la cual supone estar atento al otro, conocerlo y volverse experto en lo que siente, piensa, sueña, precisa. Supone una fina atención que poco sabe de tiempos tiranos o de listas de cosas urgentes por hacer. Porque sólo así dejamos de “oír”, en medio del alboroto cotidiano, para empezar a escuchar con auténtico interés.
Pasarla bien juntos, reírse, divertirse mucho aun con las cosas más comunes, con las metidas de pata, los olvidos propios y ajenos, hará mucho más fácil el encuentro. Ese sentimiento positivo se derramará en la familia y renovará el clima de la casa.
Ojo con las excusas
Sin embargo, resulta frecuente que, en este esfuerzo, por crecer toda relación pase por etapas difíciles, donde pueden surgir conflictos y diferencias. “Llenarse de cosas” puede ser una excusa para no enfrentar aquello que nos duele o nos lastima. Paradójicamente, las tormentas sólo podrán ser resueltas a través del encuentro, el diálogo, la comprensión y, fundamentalmente, el amor. Hablar a tiempo, reconocer errores, saber ceder o disculparse, son actitudes transparentes que previenen conflictos más serios y mantienen la relación con naturalidad y en buen estado. Reconocer el valor de pasar tiempos juntos funcionará como el puntapié inicial para ordenar lo que nos pasa, con la certeza de que el amor se construye cada día, en una conquista permanente de nuestro compañero de vida.
Fuente: Hacer familia
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