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Al que mucho aprietan, poco abarca
Nuestras vidas están llenas de presiones. ¿Cómo lo sienten nuestros hijos? ¿Qué sucede cuando proyectamos esta realidad en ellos? ¿Qué pasa cuando apretamos más de lo que pueden resistir?
 Despertarse, tomar el desayuno a mil, empezar a preocuparse por las infinitas tareas que nos esperan durante el día. Placeres que se transforman en obligaciones y obligaciones que se transforman en imposibles. Exigirnos, dar lo mejor, hacerlo con una sonrisa, sacar el provecho más grande de cada situación, tener un día exitoso y finalizarlo con la evaluación: “Esto salió bien, aquello no tanto, me hubiese gustado…”. Muchas veces sentimos que le faltan horas al día y días a nuestra vida para poder realizar todo lo que deseamos.
Y, en esta rutina de locos, ¿qué sucede con nuestros hijos? ¿Acaso también proyectamos en ellos nuestras necesidades de hacer yde ser? Cuántas veces, sin darnos cuenta, los acarreamos en esta vorágine, los hacemos empezar el día apurados, los llenamos de exigencias y tareas, porque “queremos para ellos lo mejor”. Pero, ¿nos sentamos a pensar unos minutos si es realmente lo que les conviene?
A veces, pareciera que los adultos y los niños transitamos la vida cada uno por su lado y en mundos paralelos que no logran conectarse. Por un lado, nosotros, acelerados en el ritmo de la vida cotidiana: el trabajo, la casa, la familia, los amigos, los negocios, los estudios, intentando aprovechar, disfrutar y triunfar. Por el otro, los niños, sumergidos en un mundo de aparente fantasía, disfrutando naturalmente y no por “obligación”, y aprendiendo sin el “compromiso” de hacerlo. Les sale naturalmente. Se trata de un mundo de exigencias y presiones versus uno de espontaneidad y armonía Sin embargo, ¿qué pasa cuando, en el cruce de ambos universos, nosotros proyectamos el propio, creyendo que a ellos también les corresponde enfrentar el gran caudal de demandas del mundo posmoderno?
En ese momento particular, su aprendizaje deja de ser lúdico y placentero, y se transforma en un factor de estrés; la actividad física deja de ser un simple entretenimiento y se convierte en una competencia; el juego deja de ser una fantasía creadora y pasa a ser estructurado y con objetivos claros. Sin saberlo, estamos empujándolos con toda nuestra fuerza para que atraviesen esa estrecha puerta que separa el mundo adulto del mundo de la infancia.
Los vemos crecer y a veces nos confundimos, creemos que ya son grandes, y hasta les hacemos creer esto a ellos mismos: “Ahora estás en sala de 5, ya no podés llorar por esto”, “mostrales a los más chicos qué bien hacés las cosas”. Es cierto que van creciendo, superando etapas y madurando, pero lo importante es no confundir lo que realmente les corresponde a su edad con lo que irán adquiriendo más adelante. Sabemos que los niños son esponjas, que todo lo absorben, que tienen un gran anhelo por aprender, que están atentos a todo.Por eso es placentero enseñarles; si uno los estimula, la capacidad de aprendizaje es amplísima. Por lo tanto, se intenta aprovechar esta
etapa de tanta apertura para poder formar una base para los aprendizajes que vendrán en la escuela primaria. Por eso es que, cada vez más, se les enseña a los chicos a leer, escribir, contar y realizar cuentas simples durante los últimos años del jardín de infantes.
Esto es muy bueno, estimula los procesos mentales, los hace más flexibles y favorece una mejor integración a la escuela. Sin embargo, así como muchos niños logran adquirir ciertos conocimientos a una edad más temprana, no todos lo alcanzan, y es nuestra tarea respetar los procesos madurativos individuales, diferenciando lo que es un estímulo de una exigencia. Incentivar, no presionar.
Niños exigidos
Esperamos mucho de nuestros hijos y alumnos. Pero lo hacemos desde nuestro parámetro, desde lo que “para nosotros” es importante. Por eso vale preguntarse si en realidad nuestras expectativas los van a ayudar a madurar y a ser felices, y plantearse lo que realmente tiene sentido para cada chico en particular. Elegimos el colegio al que va a ir, la cantidad de horas que pasará ahí adentro y su nivel de exigencia, la prioridad que le dará al inglés, al arte o al deporte. Tomamos esa decisión porque “nosotros” creemos que todo eso es lo más importante hoy en día.
Pero, ¿qué es lo que él realmente necesita y puede hacer? ¿Quién debe adaptarse a quién, el colegio al chico o el chico al colegio? ¿Y si no se adapta? ¿Si necesita menos horas u otro tipo de educación? ¿Somos capaces de renunciar a nuestroproyecto y pensar en uno que lo ayude a crecer en armonía? ¿Podremos hacerlo sin sentir que fracasamos? ¿Podríamos ver el éxito en un proyecto distinto a planificado por nosotros?
Hoy, en los colegios, existe un gran porcentaje de chicos que consultan psicopedagogos, fonoaudiólogos, psicólogos y maestros particulares. Si bien es bueno saber que contamos con profesionales que pueden asistira los chicos en su paso por la escuela (en otras épocas muchos de los problemas de aprendizaje pasaban desapercibidos y estos chicos andaban tambaleantes un año tras otro, o de una escuela en otra), esta realidad nos interpela y nos hace preguntar: ¿nos habremos ido al otro extremo? ¿No será que si apretamos mucho, poco abarcarán?
Al exigirles así, sin considerar su proceso de maduración, los presionamos tanto que surgen nuevos problemas. Es una difícil tarea para nosotros, adultos insertos en el mundo, favorecer el crecimiento y la maduración de nuestros chicos, estimulándolos a dar lo mejor de sí mismos, sin quitarles la inocencia y la naturalidad con la que enfrentan y conocen la vida. Y recordemos que ¡no por mucho madrugar se amanece más temprano!
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