miércoles, 23 de mayo de 2012
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La revolución empieza por casa

La psicoterapeuta Laura Gutman cree que debemos reivindicar la maternidad y empezar a nutrir a nuestros hijos de una manera más consciente.

 

Fuente: Sophia

 

La crianza de los niños pequeños requiere altruismo, generosidad y dedicación: todas virtudes despojadas de necesidades individuales”, señala la terapeuta familiar y escritora Laura Gutman. Radical para algunos, sabia para otros, días atrás lanzó su último libro, La revolución de las madres, en el cual reivindica lo doméstico como un valuarte único y revolucionario. En Sophia decidimos escucharla, porque más allá de que se esté de acuerdo o no con sus opiniones, es un referente indiscutido de la crianza natural, y con apego, entre la madre y el bebé. En una larga charla nos dejó pensando.

 

En estos tiempos, muchas madres sentimos que entre los hijos, el marido y el trabajo, ya no tenemos espacio para nosotras. Y eso nos da rabia o nos deprime. ¿Qué opina?

Hoy las mujeres tenemos organizada nuestra identidad en el mundo laboral o en la sociedad, fuera de casa. Le hemos dado un excesivo valor a nuestra función en el mundo externo y en el camino le hemos quitado todo valor a la crianza. Por eso, en este momento, cuando las mujeres nos quedamos adentro de nuestra casa con nuestros niños, muchas veces sentimos que dejamos de existir. Es común ver que si una mujer está con los hijos, sin hacer ninguna actividad en el mundo social, el entorno le pregunte: “¿Pero vos, qué hacés?”. A lo mejor se lo están preguntando a una madre con cuatro hijos y esa mujer va a contestar que no hace nada más que criar y acompañar a ¡cuatro chicos! También se da otro problema. Por un lado, los medios de  comunicación ponen la foto de un bebé feliz con una madre feliz. Y por otro lado, la sociedad entera no avala la maternidad. Están exigiéndole a la madre que sea flaca, que se ponga linda, que salga a trabajar y que vuelva rápido a los circuitos donde pueda interactuar con otros.

 

–Si como mujeres tenemos el impulso interno de salir, ¿qué hacemos para calmar o equilibrar esto?
–Éste es el desafío de las próximas generaciones. En este momento, se dan antinomias: la maternidad como un lugar dependiente y opresivo, o la “no maternidad” como lugar libre y autónomo. No hemos logrado encajar la maternidad con una modalidad autónoma y libre de vivir. Y esto va a tardar en resolverse, porque las mujeres hemos conquistado las calles. Nos estamos atragantando de entusiasmo con nuestras adquisiciones, tratando de respirar todo el aire disponible y mostrando nuestras cualidades en un mundo que alguna vez no fue nuestro, sino un sitio prestado. Esta realidad colectiva, que es relativamente nueva en términos históricos, entra en profunda contradicción cuando somos madres. De pronto sentimos, con gran culpabilidad, que ese niño viene a robarnos la libertad. Por otro lado, lo amamos con locura.

 

–¿Qué hacemos, entonces?

–Cuando tenemos un hijo en brazos, todas las madres -nos atrevamos o no a decirlo en voz alta- sufrimos la pérdida de lo que creíamos que era nuestra vida: cines, restaurantes, reuniones de amigos, entre otras instancias que nos permiten movernos en el espacio público. Vivimos estas limitaciones como un obstáculo para la realización personal. Y la sensación de “pérdida del yo” es inmensa… Esta vivencia sigue, aun cuando luego del nacimiento del bebé volvamos a nuestro trabajo. Cualquier madre con un niño pequeño que regresa a trabajar a su oficina ocho horas por día sabe que ya no pertenece a ese lugar. Pero, extrañamente, cuando regresa a casa desesperada por tener al bebé, siente que tampoco pertenece a ese “no lugar” que la envuelve en una ambivalencia insoportable.

 

–Pero esta ambivalencia no es eterna. ¿No sería bueno que las mujeres aceptáramos que esta sensación de “pérdida del yo” se da sólo por un tiempo y que va a pasar?

–Sí, todo pasa. Si tengo una estructura emocional organizada, voy a tender a relajarme y decir: “Esto también está bueno, no pasa nada si durante algunos años no tengo el mismo tiempo para mí que antes”. Claro que algunas mujeres van a sentir que ese tiempo y dedicación son a favor del niño y otras van a sentir que se mueren, que se asfixian.

 

–¿Tanto como eso?

–Sí. Muchas de nosotras sentimos que si no obtenemos tiempo para nosotras, no podemos sobrevivir, que el chico nos devora. Esto está directamente relacionado con nuestras vivencias infantiles; con el nivel de nutrición emocional que tuvimos en nuestros primeros años de vida. Si yo he recibido los cuidados necesarios en mis primeros años, cuando yo sea mamá le podré dar esos cuidados a mi hijo. Y voy a entender que no va a pasarme nada si tengo que esperar para volver a tener espacio y confort para mí.

 

–¿Qué propone para esa madre que aún tiene “hambre emocional”?
–Una alternativa que ayuda es la indagación en nuestra realidad emocional. Esto nos permite darnos cuenta de nuestras capacidades para nutrir al otro. Es bueno saber con qué contamos, de qué historia provenimos. A esto yo lo llamo “construir nuestra biografía humana”. Amar a los hijos todos los días y todas las noches requiere comprender de dónde vinimos, para entender las contradicciones profundas que sentimos cuando nuestros hijos pequeños nos demandan atención, conexión y amparo.

 

–Usted dice que lo ideal es que el bebé se quede los dos primeros años con su mamá. ¿Qué le diría a una madre que tiene que salir a trabajar ocho horas por día o más?

–El problema no es salir a trabajar, sino el tiempo y la dedicación que esa mamá le da a su hijo cuando vuelve a su casa. Y que pueda preguntarse dónde tiene puesta su identidad. Si la tiene puesta en el trabajo –ya sea porque lo necesita en términos económicos o porque quiere–, cuando vuelva a su casa no va a poder conectarse con su hijo y va a sentir que la asfixia. Distinto es el caso de la mujer que hizo un trabajo personal, porque a ella le va a ser más fácil tener la capacidad emocional para volver a su casa y fundirse con las necesidades del bebé. El trabajo no es un depredador de la relación madrehijo, pero para muchas de nosotras se ha convertido en nuestro refugio preferido. Así sea un trabajo que no nos gusta, lo pasamos mejor que estando solas en casa, sin reconocimiento social y, a veces, sin reconocimiento familiar. Llegado a este punto, el gran problema de la maternidad hoy es el aislamiento y la soledad.

 

–En su libro hace referencia a cómo el modelo de “familia nuclear”enfatiza este aislamiento. ¿Cómo define la “familia nuclear” y por qué la ve como una prisión?

–Hoy en día, la familia nuclear está integrada por una mamá, un papá y uno o más hijos. Con suerte, tenemos una familia nuclear, porque está lleno de familias monoparentales –una mamá o un papá con uno o más niños–. Hemos perdido la tribu, en las ciudades ya no tenemos familia extendida, ni tíos, ni abuelos, ni vecinos, ni calle. Yo nací en pleno Caballito, Capital, y en esa época los chicos jugábamos en la calle y los adultos nos cuidaban. En este sentido, la familia nuclear es demasiado chica como para que esos padres sean los únicos responsables de la crianza de un niño.

 

–En su opinión, entonces, estamos cada vez más solas…
–Sí. Creo incluso que el motivo por el que se da una enorme cantidad de divorcios en los primeros dos años de un niño, tiene que ver con esta explosión de responsabilidades no compartidas. Tanto la mamá como el niño están muy solos y aislados. Como sistema es pésimo. Será un desafío para las próximas generaciones ver cómo podemos volver a encontrar una manera de construir redes. Yo creo mucho en las redes femeninas. Hoy una mamá se junta en la plaza o en una casa con otra mamá, y dos mamás juntas pueden con seis niños. Esa misma mamá, sola en su casa, es probable que no pueda con uno solo. Cuando compartimos con otros adultos la función del cuidado y la satisfacción de las necesidades de los niños, hay algo que se calma. La soledad y el aislamiento, en cambio, son los peores condimentos para cuidarlos como necesitan.

 

–Finalmente, desde el título de su libro hace referencia a la “revolución de las madres”. ¿Cómo la llevamos adelante?

–Cada cambio que hagamos desde nuestro lugar de mujer, y en contacto con nuestro yo profundo, será redundante en mejoras transgeneracionales. Las mujeres tenemos el poder de cambiar paradigmas de vida, modelos de convivencia, culturas emocionales y caminos elevados, que estarán disponibles para muchos individuos que esperan nacer. Las mujeres hacemos la revolución cada mañana cuando despertamos transpirando envueltas en el cuerpo de nuestro niño pequeño, cuando la divinidad humana se hace presente a través del alimento que ofrecemos, cuando organizamos los rituales familiares de limpieza, de comida, de baño, orden, palabras, explicaciones, diálogos abiertos. Cuando celebramos el dar.
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