En la Argentina, la mayoría de las mujeres sin hijos (79,2%) participan del mercado laboral por elección o por necesidad. Sin embargo, cuando tienen hijos padecen dos situaciones que influyen en su bienestar así como en su inserción y desarrollo profesional. Por un lado, la sobrecarga de trabajo por el “doble turno” que cumplen en el ámbito laboral y en sus hogares, donde continúan siendo las principales responsables de las tareas de cuidado y atención de sus familias.
Adicionalmente, en el espacio productivo sufren las “desventajas por la maternidad” respecto a las mujeres que no tienen hijos, situación que se agrava a medida que aumenta la presencia de hijos en el hogar. Esto puede constatarse en las brechas o desigualdades que revelan los análisis precedentes respecto a la participación y calidad laboral, tales como:
• El 54,7% de las madres con más de cuatro hijos son inactivas, contra el 20,8% de las mujeres sin hijos.
• El 55,5% se desempeña en trabajos no calificados, mientras que sólo el 20% de las mujeres que no tienen hijos lo hace.
• El 87,6% están desprotegidas legalmente al momento de su maternidad (el 58,5% tiene un trabajo informal y el 29,1% trabaja en el servicio doméstico), mientras que el 41% de las mujeres sin hijos lo está.
Las desventajas de las mujeres con responsabilidades familiares en el ámbito laboral pueden explicarse por tres razones principales: primero, la estructura y características del mercado laboral en la Argentina con altos niveles de informalidad laboral, y la concepción de “trabajador ideal” sin familia o con capacidad de escisión entre los dos ámbitos. En este sentido, aún estamos lejos de alcanzar los estándares de trabajo decente y de calidad que promueve la Organización Internacional de Trabajo (OIT) que incluyen condiciones mínimas tales como: remuneración justa, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para las familias.
Segundo, la vigencia de una distribución inequitativa de género hacia el interior del hogar y la falta da apoyo de servicios públicos para el cuidado de los hijos e hijas pequeños. Lo cual obliga a muchas mujeres a dejar de trabajar o aceptar trabajos informales, precarios, de jornadas laborales reducidas, que atentan contra su desarrollo profesional y afectan los ingresos y las posibilidades de superar las condiciones de pobreza en que se encuentran muchas familias.
Tercero, existe un grupo de madres en situación de vulnerabilidad (el 28,6% viven en la y la organización de la comunidad. pobreza, el 9,1% en la indigencia y el 48,7% no completó los estudios secundarios) y son precisamente ellas las que tienen mayor probabilidad de procrear mayor cantidad de hijos. Así, estas madres se convierten en un grupo de atención prioritario, ya que sin ayuda externa es muy probable que reproduzcan las causas y condiciones de su vulnerabilidad entre sus hijos.
De esta manera, y dado que en la actualidad la mayoría de las mujeres adultas son madres y trabajadoras, es necesario mejorar sus condiciones laborales para satisfacer una de sus principales demandas que acarreará beneficios para ellas, sus familias, el mercado de trabajo.

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