
Es una invención genial, que fue concebida para ayudarnos a disponer mejor de nuestros tiempos y no ser tan esclavos de los horarios de oficinas, entre otras virtudes. Pero, según el artículo publicado por Katherine Rosman en el Wall Street Journal, este pequeño aparatito que llegó para quedarse, está generando hijos resentidos de la atención que despierta el dispositivo sobre sus padres cuando están juntos.
“Los dispositivos portátiles han creado un impacto inesperado en la dinámica familiar intercambiando los roles. Como si fueran una banda de adolescentes, algunos padres mienten a sus hijos y se esconden para poder leer los emails desobediendo las reglas de la casa establecidas para minimizar el impacto de los teléfonos celulares en la rutina familiar”. Y agrega Katherine Rosman, “la negativa de los padres a seguir reglas simples sobre el manejo de estos dispositivos en casa está empujando a los chicos a patalear. Los hijos están temerosos de que sus padres se distraigan leyendo emails mientras manejan el auto. Además están preocupados por los cortos períodos de atención que sostienen y están exasperados por la obsesión que los adultos tienen hacia sus aparatos”.
Es tal la penetración que ha alcanzado en el mercado la palabra “Blackberry” que ya se encuentra en el vocabulario de los chicos en su primera infancia. No es extraño escuchar a los chicos cuando juegan a los roles incorporar el teléfono inteligente como un accesorio del mismo nivel que la cartera y el maquillaje en el caso de las niñas o la billetera y el auto en el caso de los varones. Es tan importante el avance en el uso de los dispositivos, que el tema ya está presente en las terapias familiares. Tanto hijos como adultos mencionan en sus sesiones el efecto de este tipo de tecnología en sus seres queridos.
Nadie puede negar que para una madre que trabaja, estos teléfonos inteligentes, permiten asistir a reuniones escolares que antes parecían destinadas sólo para mamás independientes o que no trabajaban fuera del hogar. Pero el gran reclamo de los hijos es que aunque estén presentes en la escuela, los padres no logran desconectarse y concentrarse en la reunión a la que han asistido. El artículo del Wall Street Journal plantea un debate inteligente y necesario: “En la era de la híper conectividad, la desconexión es una disciplina que hay que aprender”. ¿Estamos dispuestos a hacerlo?