Un hombre quiso animar la fiesta de cumpleaños de su hija de 6 años. Se calzó un viejo sombrero y ensayó unas líneas frente al público infantil. La sorpresa duró poco. No había pasado media hora cuando las chicas ya estaban aburridas. ‘¿Por qué no contrataste a un experto? Ellos saben bien lo que las divierte’, le lanzó un amigo al animador amateur. Pero el padre sintió que había hecho lo correcto, porque era una manera de estar cerca de su familia. No se equivocó. Su hija, al recordar el episodio, reconocía haber sentido un poco de vergüenza al ver a su padre vestido de esa manera tan ridícula, pero estaba feliz ante su demostración de interés y cariño”.
Arlie Hochschild, profesora de Sociología de la Universidad de Berkeley, California, cuenta la anécdota como quien habla de un tesoro oculto. Según explora en su libro La mercantilización de la vida íntima, nuestra sociedad tiene una mirada distinta. Cada vez más, buscamos evitar este tipo de “trabajos emocionales” y estamos dispuestos a delegar todas aquellas tareas que se realizan en el ámbito íntimo y cotidiano de las personas. Hábitos y funciones tradicionalmente familiares se trasladan hacia la esfera mercantil, volviéndose impersonales y estandarizados. Aquello que no puede resolverse en una familia sin tiempo se compra en el mercado de servicios: “Éste es el efecto más nocivo del avance de la cultura capitalista en nuestras vidas. Dejamos de ver el significado para ver sólo el resultado. Ya no se trata de planificar la fiesta de tu hija, sino de que sea la fiesta ‘perfecta’”, asegura.
¿A quién se le ocurriría recurrir a un experto para que interprete cuáles son nuestros deseos, pedirle a una agencia que encuentre al hombre de nuestras vidas o buscar en las páginas amarillas a un especialista que entrene a nuestro hijo para que duerma durante toda la noche o para que, finalmente, deje los pañales? Estos servicios, y otros mucho más estrambóticos, existen, aunque nos resulten extraños. Sumergidos en el mar del consumo, todo es percibido como una mercancía. Lo que no se puede dar se compra. Lo que no se puede recibir se adquiere.
El mundo se ha convertido en un gran bazar. Un lugar donde todo se puede comprar: la compañía, el amor, el cuidado, el consuelo y todo lo que hace a la vida familiar y a la intimidad. En el mercado se encuentran profesionales expertos en brindar estos servicios a quien quiera y pueda pagarlos.
Considerada una de las voces más frescas y reconocidas de la sociología, Arlie Hochschild nos cuenta en una entrevista desde Estados Unidos cuáles son las complejas negociaciones con las que debemos enfrentarnos, en especial las mujeres, para poder equilibrar el mundo laboral y el familiar. Una puja que nos lleva a entregar parte de nuestros afectos para transformarlos en bienes de consumo y nos sumerge en un vacío emocional, cada vez más profundo y deshumanizado.
Para esta socióloga, existe hoy en nuestra sociedad una gran confusión respecto de las ideas de amor y cuidado, que son las bases de la vida en comunidad. Cuidamos a los que amamos, pero ¿por qué lo hacemos? ¿Estamos motivados por un deseo personal o lo hacemos por obligación?
–¿Cuándo comenzamos a comercializar nuestra vida íntima y cuál es el verdadero “negocio” que implica esta transacción?
–En los últimos veinte años, hemos sido testigos, por lo menos aquí, en los Estados Unidos, de un creciente vacío en el cuidado de las personas, sobre todo de ancianos y niños. En 1950, alrededor del 40% de las mujeres casadas trabajaban por un sueldo; en 2000, trabajaban cerca del 70%. En la actualidad, las abuelas, tías y vecinas a las cuales uno les hubiera podido pedir ayuda también trabajan. Los padres no trabajan menos horas, sino más, y la creciente tasa de divorcios ha llevado a muchos padres a dejar todo el cuidado de sus hijos a cargo de sus ex esposas. Hoy hay menos “manos” en la casa y ni el gobierno ni las corporaciones privadas se ocupan de cubrir este vacío. Ambos han pateado la pelota al sector privado, donde hay pocos que puedan atraparla. Tenemos
padres “muertos de cansancio”.
–¿Pero no le parece que hoy existe una mayor preocupación por los vínculos, el desarrollo emocional y el deseo de mejorar las relaciones de los padres con los hijos?
–Ideológicamente, el “cuidado” se ha ido al cielo, pero en la práctica, se ha ido al infierno.
–¿Todos tercerizamos?
–Hace muchos siglos, ya había familias que contrataban los servicios de muchachas para que ayudaran con las tareas de la casa. Entonces, en este sentido, podría decirse que no hay nada nuevo. Lo que ha cambiado en estos últimos tiempos es la cantidad de servicios que se ofrecen y que cada vez está más globalizado el hecho de recurrir a otras personas para que se hagan cargo de aspectos de nuestra vida privada o los organicen. Les pagamos a otros para que cuiden a nuestros hijos, para que limpien nuestras casas, para que salven nuestras conciencias, para que calmen nuestros temores, para que organicen nuestra vida social o nuestro casamiento. La lista es cada vez más amplia y especializada.
–¿Tercerizamos de manera inconsciente, empujadas por el consumismo, o lo hacemos porque queremos tenerlo todo, familia, trabajo y ocio, aunque disponemos de un tiempo limitado?
–Una vez que entramos en la vorágine del mundo de esposa y madre profesional, empezamos a confundirnos sobre lo que realmente necesitamos. Los servicios se presentan como la respuesta a nuestras necesidades; pero, a la vez, los prestadores mismos son quienes las crean. Por ejemplo, cuando los padres preparan una simple fiesta de cumpleaños para su hijo, están satisfaciendo una necesidad. Pero, de repente, aparece un mago o especialistas que pintan y disfrazan a los invitados... Entonces, el próximo chico del barrio que cumpla años ya no se conformará con una esa fiestita organizada por papá y mamá, sino que se “necesitará” contratar a alguien que la anime.
–¿Está en contra de que se deleguen algunas tareas?
–En principio, no estoy en contra de que se deleguen ciertas tareas; es parte de la vida moderna. Pero lo que pido es que hagamos una pausa y consideremos qué hay detrás de esta noción que nos dice que todo es vendible. ¿Qué es lo que está a la venta y qué no lo está?
–¿Qué efectos produce esta tercerización de los afectos a partir de los espacios que las mujeres supimos conseguir?
–Cada vez trabajan más mujeres. También trabajan por más horas que décadas atrás. Son libres, pero libres a la intemperie, a merced del frío del mercado. No tienen tiempo, pero tienen dinero. Entonces, se ven tentadas de comprar estos servicios que las liberen de ese segundo turno de trabajo que deben cumplir cada vez que cruzan la puerta de casa. Pero para el mundo, la mujer es el símbolo del hogar. Si encarga la comida navideña o si pone a su madre en un geriátrico, será ella, y sólo ella, a quien se verá como una persona sin corazón.
–Queda atrapada en un dilema...
–Sí, por un lado, se le presenta la igualdad en las posibilidades laborales y se la empuja al trabajo. Pero, por otro, se le pide que represente el emblema de eso tan sagrado que es la vida familiar. Ella no puede con todo y debe delegar, o comprar estos servicios; entonces, todo lo hogareño parece perder ese toque cálido y resulta falso. ¿Y quién es la culpable? La esposa, el ama de casa, la madre, la mujer.
–¿Será que, en el fondo, no queremos encargarnos de las cuestiones que están relacionadas con nuestros afectos? ¿Será que mentimos cuando decimos que quisiéramos quedarnos más tiempo en casa?
–En mi libro The Time Bind: When Home BecomesWork and Work Becomes Home (La atadura del tiempo: cuando el hogar se convierte en el trabajo y el trabajo se convierte en el hogar), hablo sobre la vida de parejas que trabajan y dicen que “la familia es lo primero”. Realmente lo sienten. Pero cuando les pregunto dónde se sienten más valorados y más eficaces y dónde encuentran apoyo, afirman que es en su trabajo. Entonces, viven atrapados entre sus valores internos y los imanes culturales que atraen sus vidas. En un estudio realizado recientemente, se sugiere que, aunque su vida puede ser vertiginosa y frenética, las mujeres que realizan trabajos pagos se sienten menos deprimidas y más satisfechas que las mujeres que se quedan en su casa. En otro estudio se informa que las mujeres que trabajan se sienten más valoradas dentro de su familia que las amas de casa. No por nada sólo un 59% de las mujeres que trabajan sienten que su desempeño dentro de la casa es bueno o excelente, mientras que el 86% piensan esto acerca de su trabajo.
–¿Por qué cree que ocurre esto?
–Lo que sucede es que en el trabajo se reciben constantemente nociones y lecciones para mejorar el rendimiento; en cambio, en la casa, uno está librado a su suerte.
–Usted dice que las parejas realmente sienten que la familia es lo primero, pero ¿de verdad la ponen en primer lugar?
–Con o sin hijos, las mujeres ocupan mucho más tiempo que los hombres en las tareas de la casa y el cuidado de sus integrantes. Las mujeres que trabajan tienen un doble turno de tareas; uno en su lugar de empleo y el otro dentro de la casa. Pero cada día hay más presiones que nos vuelcan hacia el trabajo y fuera de la casa. La familia sigue siendo importante, pero separamos el ideal de la práctica. No podemos unir lo que pensamos con lo que hacemos, o con lo que tenemos tiempo de hacer. En este sistema de urgencias,muchas familias tienen un ideal de unión y cercanía que luego se ve confrontado con una realidad más apurada, fragmentada e individualizada de la que ellas desean. Entonces, es una familia hipotética: la que uno querría que fuese si tuviese tiempo.
–Y buscamos ahorrar tiempo tercerizando...
–Mucha tecnología, como los celulares, las computadoras, etcétera, han sido creados con la premisa de ahorrar tiempo. Sin embargo, se han convertido en una nueva presión para trabajar más y llevar el trabajo a cada momento de nuestra vida. Muchos culparon a la inserción laboral de la mujer por las molestias que causó en el hogar, incluso en el aumento de la tasa de divorcios.
Pero yo creo que no es el trabajo femenino el culpable en sí mismo, sino la ausencia de ajustes sociales necesarios en la estructura del cuidado. Esto es, que existan hombres que compartan actividades y quehaceres familiares, así como políticas laborales que beneficien y prioricen a la familia.
–¿Qué les pasa a los hijos con el hecho de que sus padres deleguen tantas tareas?
–Lo que veo son chicos a los que les va bien en el colegio, que no andan por ahí pegándoles a otros chicos, pero que sienten hambre de tiempo. Y los adultos se sienten culpables por los niños hambrientos de tiempo. Eso es un gran problema, no porque un hijo no llegue a ser brillante y exitoso, sino porque puede llegar a serlo y repetir el mismo esquema de vida con poco tiempo para dar, con el que se lo educó. En una oportunidad, hablé con un chico que le dijo a su abuela por teléfono: “Abuela, no tengo tiempo para hablar con vos”. A este niño le iba muy bien en el colegio, ¿pero es eso lo que realmente nos importa? Si eso es lo que más importa, ¿no nos estamos perdiendo una pieza emocional importante en este cuadro?
–¿Cuál es la consecuencia de delegar nuestra intimidad?
–Nos estamos olvidando del sentido mismo de nuestra vida, y sólo estamos mirando su sentido de consumo.
–¿Cuál sería la solución?
–A pesar de todos los cambios que generó la revolución del género, el cuidado permanece en manos de las mujeres, en la mayoría de los casos. Pero cuidar de alguien se asocia cada vez más con “estancarse” fuera del escenario principal.
–Usted cuenta que cuando se crió, en los años cincuenta, recuerda que veía triste a su madre, que era ama de casa, mientras que su padre partía cada mañana hacia el trabajo, feliz. Dice que este recuerdo fue lo que, al igual que a muchas mujeres de su tiempo, la hizo migrar de la cultura emocional de su madre a la de su padre.
¿Las mujeres hoy están felices con esta migración? ¿Añoran su viejo espacio de ama de casa o, después de haber probado los dos mundos, están ancladas en el medio sin saber qué hacer?
–Estamos atrapadas en el medio del río. En los Estados Unidos, las encuestas muestran que las mujeres no quieren regresar a sus casas, pero que tampoco quieren trabajos de tiempo completo. Desean trabajar, pero menos. Si ése el caso, ¿por qué no rediseñamos los trabajos en paquetes de tamaño más reducido? No hemos logrado alterar el reloj ni los horarios de trabajo de los hombres; simplemente hemos empujado a las mujeres dentro de ellos. La mujer puso un pie fuera de casa, pero nadie se movió dentro del hogar para tomar su lugar. En vez de humanizar a los hombres, estamos introduciendo a las mujeres en el mundo del mercado de capitales. Es así como se abre la puerta a todo tipo de servicios. No quiero que dentro de treinta años nuestras hijas, que han sido criadas en estos hogares, piensen: “El feminismo sólo trajo infelicidad y peleas. ¡Que movimiento estúpido!”. Hay que hacerlo feliz para que dure.Y para eso, debemos tener en cuenta un elemento invisible: los afectos y el cuidado de los otros. Si no nos hacemos cargo de lo que nos hace personas, llegará el día en que ya no sabremos cuál es el sentido de nuestras vidas.
–¿Cómo hacemos para encontrar una salida en este laberinto en el que nos metimos?
–Realmente necesitamos una revolución de nuestra sociedad y en nuestro modo de pensar, una revolución que premie el cuidado tanto como el éxito comercial.