Con Vida Propia
La señora de las botellas
Ingrid Vaca Diez
Se acercaba la Navidad de 2004 y en una escuela humilde del pueblo de Warnes,en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, una maestra les proponía a sus alumnos que escribieran una carta contando qué querían para esas Fiestas. “Un triciclo”,dijo uno de los chicos; “un juego de mesa”, dijo otro;“comer pollo”, dijo alguienmás. Ingrid Vaca Diez, la maestra, leyó con cariño todas las cartas, pero hubo una que la conmovió profundamente. En ella, Claudia Mejía Molina, de 12 años, escribía: “Yo necesito un cuarto, porque mis cinco hermanitos y yo dormimos en una misma cama. En verano pasamos muchísimo calor; y cuando viene el agua, nos mojamos todos”. Ante semejante pedido, el corazón de Ingrid latió con intensidad porque entendía perfectamente a qué se refería Claudia.
Recordaba su propia infancia en una casa donde no sobraba nada, pero nunca faltaba un plato de comida para su familia y para unos chicos lustrabotas a los que también les daban de comer. Por eso, de grande, después de haberse casado y tenido tres hijos, y de haber estudiado Derecho y Administración de Empresas, Ingrid se dedicó a ayudar a quienes menos tienen. Era voluntaria en la escuela de su barrio, donde conoció a Claudia y donde también habían levantado una guardería y un comedor infantil con la ayuda de la comunidad.
En su casa, Ingrid también juntaba botellas de plástico para una señora que las pasaba a buscar y las vendía como envases para productos de limpieza. Pero la mujer se enfermó y dejó de pasar a buscarlas: “Acumulé un montón de envases, hasta que un día de mucho viento las botellas empezaron a volar para todos lados.Mi esposo se enojó y me dijo: ‘¡¿Para qué juntas tantas botellas; puedes hacerte una casa con ellas!?’. En ese momento, estaba tan ofendida por lo que me había dicho que no le presté atención, pero cuando me calmé, pensé: ‘Tiene razón, con tantas botellas puedo hacer una casa’”.
Ahora, esta mujer de 47 años recuerda ese momento durante la charla con Sophia desde su casa en Santa Cruz de la Sierra, donde vive con su marido, dueño de una fábrica de golosinas, y sus tres hijos, de 28, 23 y 18 años.
“Cuando me di cuenta de que podía usar las botellas como ladrillos, empecé a experimentar. Probé rellenarlas con agua, aceite usado, papeles, tierra, arena, pilas, baterías… Iba haciendo muritos de un metro cuadrado con distintos rellenos y los golpeaba para ver cuál resistía más. El parque de mi casa parecía un campo hípico. Lo primero que hice fue una pared para una guardería, y en 2006 empezamos la construcción de la casa de Claudia, que nos llevó un año”.
Al día de hoy ya llevan siete viviendas construidas en Bolivia,y desde la Argentina se pusieron en contacto con Ingrid para levantar casas en Santa Fe, Formosa y la Patagonia. Ingrid las llama “ecocasas sociales”, porque para su construcción recicla y reutiliza materiales de descarte, y el costo total termina siendo mucho menor que el de una construcción tradicional. Además, las familias que reciben la casa participan de la construcción, aprenden el oficio de albañil y se comprometen a ayudar en la construcción de otras casas.

–¿Cómo fuiste aprendiendo a construir casas con botellas?
–Me acordaba de la fórmula que mi abuela usaba para hacer hornos de barro y de los materiales que mezclaban las fábricas de ladrillo de mi barrio. Todo eso me ayudó para empezar. Después compré libros y manuales de construcción.Me iba a las obras y pasaba horas, días enteros, viendo y preguntando cómo hacían los pilares, los cimientos, las pruebas de suelo… Leí bastante sobre sismos, antisismos, grietas, materiales de construcción; averigüé cómo se hacen los encofrados, cómo se ponen los pilares…
–¿Quiénes trabajan en las obras?
– Los vecinos del barrio, sobre todo un grupo de mujeres albañiles que aprendieron la técnica. Ellas ya tienen su casa hecha con botellas y trabajan como voluntarias para hacer nuevas casas. Nosotros no recibimos dinero, sino que varios empresarios nos donan materiales, como las cerámicas, las puertas o las ventanas, por ejemplo. Todo lo que hacemos es gracias a la gente de buen corazón que nos ayuda.
–¿Cómo juntan tantas botellas?
– Con una camioneta, recorro hoteles y restaurantes, que hace como siete años que nos donan las botellas. Ahorita tenemos en un galpón la cantidad de botellas suficientes para hacer diez casas, pero no tenemos el resto del material. Cuando voy por la calle y veo botellas tiradas, pienso: “Ahí va un ladrillo, ahí va otro”. La recolección de botellas es la parte más dura del trabajo.
–¿Qué recibís al dar?
– Siento felicidad. Cuando ponemos la primera botella, vemos la satisfacción de la gente que dice: “Aquí va empezando mi casa”. Es la alegría de ver que un grupo de gente puede organizarse para construir un lugar digno y que después les van a enseñar a otros a hacer lo mismo.
–¿Cómo participa tu familia de estos proyectos?
– A mi esposo le gusta muchísimo lo que hacemos, a mis hijos también, y cuando pueden, trabajan en las obras. Ellos saben que no es bueno decir “esto es para mí, para mí y para mí”. Tengo un esposo y unos hijos muy buenos, trabajadores, solidarios… Entonces, ¿qué más puedo esperar?
–¿Cómo cambia la vida de una familia cuando tiene una casa digna en la que vivir?
–Cambia muchísimo, no sólo porque tienen una casa. Este proyecto sirve además para cuidar el medio ambiente y para que las familias tengan una vivienda digna y trabajo. Las mujeres también aprenden a hacer pan, roscas, bizcochos y artesanías con botellas de plástico para vender. Con las casas logran cierta estabilidad en el hogar, porque la mamá puede trabajar allí produciendo lo que vende y puede cuidar a los chicos. Eso ayuda a levantar la autoestima y la solidaridad, porque la mujer que recibió ayuda para hacer su casa se compromete a construir otras casas.
–¿Cómo eligen a las personas a las que van a ayudar?
–La mayoría son mujeres solteras que tienen más de cinco hijos. Algunas no tienen dónde vivir; otras viven en casas de chapa y telas; otras, en casas de cartones y nailon. La mayoría no tiene agua potable, desagües, ni baño. Queremos llegar a las mamás porque son el pilar fundamental del hogar, de la familia. No queremos que los niños queden encerrados en la casa o se críen en la calle,expuestos a la violencia y la delincuencia, porque sus padres tienen que salir a trabajar en el campo. Buscamos que las mamás tengan a esos niños seguros, en una vivienda digna.
–¿Por qué apuestan a las mujeres?
– Porque se llevan la peor parte. Muchos hombres abandonan a las mujeres y las dejan sin nada. De la noche a la mañana, ellas se quedan solas con sus hijos y no saben qué hacer. También son muy maltratadas y golpeadas y no pueden defenderse, no pueden desligarse de esa persona para salir adelante porque dependen de él para que les dé dinero para sobrevivir. Entonces, tienen que seguir aguantando las borracheras, los golpes, los maltratos, los abusos sexuales…
–¿Hay algo de tu historia personal que te mueve a ayudarlas?
– Yo viví en este mismo barrio, en Warnes, así que todos mis amigos eran muy pobres; incluso para mí fue muy difícil tener una bicicleta… En casa éramos cinco hermanas; no vivíamos en la extrema pobreza pero éramos una familia modesta. Mi mamá era ama de casa y mi papá trabajaba muchísimo en el cultivo de caña y con el ganado.
Si la gente del pueblo tenía una urgencia, venían a mi casa a buscar a mi papá porque él tenía un camión. Si venían las mujeres llorando porque se les moría un niño, él salía corriendo a buscarlo donde estuviera para llevar a esa mujer a la ciudad. Mis padres me enseñaron que no hay que dar lo que te sobra, sino lo que tenés. Esa enseñanza es mi mayor motivación.
–¿Qué ves cuando mirás hacia atrás y qué imaginás para el futuro?
–Para atrás, veo a la gente organizada y a las familias felices. Hay muchachos que eran muy chicos cuando empezamos a trabajar y ahora están estudiando y además tienen el oficio de albañil. Viven de eso, trabajan en obras de construcción tradicional y siguen colaborando con nosotros. En el futuro nos gustaría seguir enseñando esta técnica, sobre todo a las mujeres, para que construyan sus propios hogares y puedan decir: “No estamos solas; somos mujeres organizadas. Nos podemos ayudar”.
Ecosociales
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Las casas que construye Ingrid son circulares, porque esa forma necesita menoscemento, se termina más rápido y son más resistentes a los vientos fuertes, que no azotan directamente la pared recta. Las viviendas tienen entre dos y tres cuartos, una cocina y un baño. Las botellas se rellenan con bolsas de plástico que tiran las industrias, con pilas y con baterías pequeñas, que se envuelven en un plástico duro y muy grueso y se ubican en el medio de la botella, aisladas con tierra y arena. Las botellas se atan armando una especie de encadenado que forman paredes de cuarenta centímetros de espesor. “Para el piso, corto en pedacitos llantas de autos, también en desuso. Unimos las botellas con capas de greda y otros materiales, y unas pocas capas de cemento –cuenta–. Al exterior de la casa le damos una capa impermeabilizante con una mezcla de leche en polvo vencida que nos regalan los fabricantes, a la que le sumamos engrudo y aceite de lino. Después pintamos la casa para que el revoque no se parta ni se lave con el agua de lluvia”.
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Fuente: Revista Sophia, mayo 2010.
Viví Sophia