
El objetivo primordial fue conocer cómo influyen los hijos en las oportunidades y capacidades básicas que tienen ellas y ellos para desarrollar sus proyectos de vida, y, a partir de allí, profundizar en la comprensión del contexto familiar y social en el que se producen la maternidad y la paternidad, y detectar aquellos obstáculos o necesidades que necesitan ser resueltos para que su vivencia sea compartida y redunde en mejores cuidados para los hijos.
Del estudio realizado se desprenden tres hallazgos principales:
- pese al avance de las mujeres en el acceso a la educación y al mercado laboral, todavía no han alcanzado una situación equitativa con los hombres;
- las mujeres y los hombres que tienen hijos –y de forma especial las madres– obtienen menores oportunidades de desarrollo que aquellos que no tienen descendencia;
- los cuidados continúan siendo considerados un asunto familiar, particularmente de las mujeres-madres.
a) Si se considera lo que fue el pasado y lo que es el presente de las mujeres en la Argentina, es lícito concluir que se han logrado avances importantes respecto al ejercicio del derecho a participar en los ámbitos públicos –educación y trabajo–, antes exclusivos de ellos. Sin embargo, aún persisten algunas diferencias de oportunidades entre las mujeres y los varones, en parte porque, a diferencia de ellos, el acceso de las mujeres a las capacidades y recursos está fuertemente condicionado por el lugar que ocupa en el hogar y, sobre todo, si tiene hijos.
b) En nuestro país, las responsabilidades y los costos que acarrean las tareas del hogar, el nacimiento de los hijos y su crianza son asumidos por las familias y, al interior de ellas, casi exclusivamente por las mujeres-madres. Esto conlleva, entre otras, las siguientes consecuencias:
- Las mujeres y los hombres que conviven con hijos a diario tienen algunas desventajas en comparación con quienes viven en hogares donde no hay descendencia. Por ejemplo, se comprueba que los primeros tienen cinco y cuatro veces más probabilidades de vivir en condiciones de pobreza que los segundos, respectivamente. Al mismo tiempo, cuando hay hijos en el hogar las mujeres y los hombres responsables de su crianza alcanzan menores niveles educativos que aquellos que no comparten con descendencia la vida diaria.
- Las mujeres asumen la responsabilidad de los hijos a edades más tempranas que los hombres, y lo hacen cada vez más solas. En la etapa de la adolescencia y juventud (14 a 29 años), en promedio los hombres permanecen más tiempo en condición de hijos que las mujeres, mientras que ellas duplican las probabilidades de asumir la maternidad (convivir con hijos) con relación a los varones. A su vez, las mujeres tienen su primer hijo en promedio dos años antes que los hombres: a los 23,2 años y 25,1 años de edad, respectivamente.
- Una de las características más distintivas entre las mujeres y los hombres es que ellos están siempre acompañados cuando hay hijos en el hogar, mientras ellas están cada vez más solas frente a su maternidad cuando se separan, divorcian o son madres solteras: el 15,9% de las mujeres con hijos viven sin pareja estable, y solo el 2,4% de los varones lo hacen. Esta organización familiar de “mujeres solas con hijos a cargo” se duplicó en los últimos veinte años, siendo las madres más pobres las más afectadas.
- Las mujeres con hijos a cargo sufren en el mercado laboral las “desventajas por la maternidad”, lo que no sucede con los hombres que conviven con hijos. Esto es así porque, mientras la trayectoria de la inserción de los varones en el mercado de trabajo es permanente, la de las mujeres está condicionada por el rol que desempeñan en el hogar. Ellas participan menos, lo hacen en jornadas laborales remuneradas más cortas y en puestos de peor calidad que ellos.
- Existe un brecha laboral entre las mujeres según tengan o no hijos a cargo, en detrimento de las que son madres. Ello se debe, en parte, a que las madres tienen en promedio más probabilidad de contar con menores niveles de educación y mayores situaciones de vulnerabilidad con relación a las mujeres sin hijos. Pero, también, a que los trabajos informales, sin horarios o lugares fijos de trabajo, se adaptan a las necesidades de las madres de compatibilizar las funciones maternas con su desarrollo laboral y/o profesional.
- Las desventajas que sufren las madres superan su individualidad, porque al ser ellas las principales responsables del cuidado de sus hijos, dichas desventajas afectan la calidad de los cuidados que estos reciben.
c) Las mujeres padecen ciertos perjuicios respecto a los hombres y las madres a su vez respecto a mujeres sin hijos, no porque ellos constituyan una carga o un proyecto no deseado, sino porque la organización familiar y social no ha podido adaptarse a la nueva realidad. Es decir, aún no se han producido rupturas significativas en las concepciones culturales predominantes que consideran que la reproducción social es una responsabilidad familiar, especialmente de las mujeres, y no una obligación de las sociedades.
Por consiguiente, existe un desafío pendiente muy importante: establecer en la agenda social la discusión de cómo la sociedad considera justo garantizar la reproducción social. Así, resulta evidente la necesidad de pensar juntos y trabajar en al menos tres sentidos:
- Instalar un nuevo modelo social en el cual los aportes que las familias realizan a la sociedad con la crianza de los hijos y el cuidado de otros dependientes sean valorados. Se trata de reconocer los cuidados – tradicionalmente denominados “funciones maternas”– como un derecho social básico, cuya satisfacción constituye una responsabilidad social que debe ser compartida entre mujeres y hombres al interior del hogar, pero también entre el Estado, el mercado y la sociedad.
- Reorganizar el ámbito productivo sobre la base del paradigma “trabajadoras y trabajadores con responsabilidades familiares”, en contraposición al actual trabajador ideal, masculino y sin obligaciones familiares. El disfrute de la vida familiar requiere de la regulación de la jornada laboral, la implementación de permisos familiares o parentales, y la equiparación de las garantías mínimas entre todos los trabajadores y trabajadoras, incluidos los que se desempeñan en el sector informal de la economía.
- Trabajar con las familias, las instituciones educativas y los medios de comunicación en la transmisión cultural más equitativa sobre las representaciones y roles de las mujeres y los hombres, madres y padres, que se realiza a través de ellos.
En suma, con esta investigación se espera aportar material suficiente para incentivar el debate social y político respecto a las desigualdades de oportunidades que persisten en nuestro país entre hombres y mujeres, entre madres y mujeres sin hijos, y entre niños de diferentes sectores sociales. Creemos que la promoción de la maternidad –entendida como las funciones de crianza o cuidados que desempeñan las mujeres y los hombres– como un valor social y una responsabilidad compartida constituye un paso fundamental para cimentar una sociedad más justa y equitativa.
Fuente: Anuario de la maternidad. ¿Los hijos influyen de igual manera en la vida de las mujeres y de los hombres? 2010. Autora: Carina Lupica.
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