El cuerpo se encuentra continuamente intercambiando sustancias con el ambiente que lo rodea, esto permite que estemos vivos. En el intercambio, entra en contacto con microbios que pueden afectarlo. Para poder convivir con gérmenes sin padecer un daño, tenemos un sistema de defensas que interactúa con bacterias, virus, hongos, parásitos y sustancias no pertenecientes al cuerpo, para evitar enfermedades.
Este sistema inmunológico tiene múltiples funciones de más sencillas a más complejas: la presencia de piel que recubre todo el cuerpo; el moco de los aparatos digestivo, respiratorio y génito-urinario; la capacidad para generar inflamación que provoca un lugar poco propicio para que sigan multiplicándose los microbios; y el reconocimiento y formación de anticuerpos específicos de gérmenes particulares para destruirlos. También existen algunas bacterias que viven en nuestro cuerpo, por ejemplo en el intestino, pero que normalmente no nos producen ningún daño, e incluso impiden que nos ataquen las que sí pueden invadirnos; es decir que ellas también forman parte de nuestras defensas.
Cuando nacemos, casi todas las funciones del cuerpo están inmaduras, incluido el sistema inmunológico; esto quiere decir que estamos más vulnerables a que nos invadan y menos reactivos a defendernos. A través de la leche materna obtenemos defensas que son de gran ayuda en esta etapa.
También la vacunación es una forma de generar anticuerpos contra enfermedades muy agresivas. Poco a poco, estas ayudas hacen que el enfrentamiento con los gérmenes sea menos riesgoso y nuestro cuerpo aprenda a reconocerlos y responder.
En ocasiones este proceso puede ocurrir ante el contacto con sustancias que no son microbios y generar una respuesta inmune exagerada. El cuerpo ha reconocido, en algún momento, a esa sustancia como extraña y la ataca, como ocurre con la alergia. Varios alimentos, introducidos a una edad muy temprana pueden predisponer el desarrollo de alergia.
Un estado nutricional alterado disminuye nuestra capacidad para defendernos. No sólo la desnutrición aguda (vista como peso disminuido en relación a la talla de la persona) conduce a esta debilidad. En ocasiones pueden faltar nutrientes específicos, como zinc, vitaminas A y C, proteínas, hierro, ácidos grasos esenciales; y esta capacidad verse disminuida. Por eso es importante mantener una alimentación equilibrada que brinde todos los nutrientes en cantidades suficientes. El profesional de la salud es la persona idónea para evaluarlo e indicar la mejor opción para lograr una buena nutrición.
También, el tipo de flora bacteriana que vive en nuestro intestino puede llegar a variar, ya sea por la alimentación, por el uso de antibióticos o quizás por el estrés, y entonces no proteger de la forma más óptima. En este caso el uso de prebióticos y probióticos de diferentes tipos puede modificar la flora según el caso.
Una forma más de afectar el sistema inmune sería por la proporción de ciertos ácidos grasos que podrán ejercer una función más o menos inflamatoria, y entonces brindar más sensibilidad a tener alergias o a no responder tan bien frente a estímulos.
Un último factor a tener en cuenta cuando se habla de las defensas, es que hay quienes pueden padecer alguna incapacidad en este sentido y entonces es necesario recordar que los alimentos también pueden transmitir enfermedades si no se manipulan correctamente. Para aprovechar los beneficios nutricionales debemos considerar, en primera instancia, no estar generando un daño al proveerlos.
María Laura Paulero
Lic. en Nutrición
M.N. 4878
Depto. de Marketing Médico
Nutricia Bagó
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