Hoy en día, es cada vez más común que nuestros chicos y chicas, y cada vez desde más pequeños, se manejen con Internet tan cómodamente como peces en el agua. Muchos padres hasta “recibimos clases” de nuestros hijos e hijas, cuando tenemos dudas respecto de su uso.
Pero el problema esencial de Internet no es un problema de tecnología (nuestros niños y niñas pueden saber y aprender mucho de informática y allí aventajarnos) no obstante la “verdadera” educación pasa por otro lado. Nada menos que por la vida misma. Y en eso, éxitos y fracasos mediante, sólo los padres podemos saber más y responsabilizarnos por su educación.
Algunas características de Internet y de cómo aprovecharlas para el bien de nuestros hijos
La red es una infinita enciclopedia de conocimientos, una suerte de “biblioteca de Babel”, como diría Jorge Luis Borges, y, mirada así, es profundamente educativa. Navegar por bibliotecas de prestigiosas universidades
, leer trabajos en las páginas de científicos e investigadores reconocidos, hallar datos de otro modo “inencontrables”, son algunas de las ventajas que Internet nos brinda. De chicos, nosotros los papás, coleccionábamos las revistas Anteojito (hoy lamentablemente desaparecida) o Billiken (remozada para los tiempos que corren), consultábamos la enciclopedia Lo sé todo (¡!), buscábamos en engorrosos diccionarios de varios tomos, que tardaban años en actualizarse, y que pasaban de generación en generación, biografías y palabras desconocidas. Hoy todo esto pertenece a la nostalgia. La rapidez de acceso unida a la cantidad de información ofrecida en Internet permite que los más pequeños tengan los datos que pidió “la seño” en pocos minutos.
¿Cuál es el problema, entonces? Que, como dice el tango, en Internet está La Biblia pero también está el calefón. Y, muchas veces, ese calefón produce quemaduras de tercer grado. ¿Qué podemos hacer, nosotros, los padres? Antes que nada, informarnos y actualizarnos constantemente de los contenidos de la web; enseñarles a buscar información precisa y fidedigna; protegerlos de los sitios que sólo persiguen el daño de mentes que se están formando y que todavía tienen mucho por andar; explicarles que investigar un tema no es copiar y pegar lo que está en el texto de alguna página, cuyo autor no mencionan. Eso es plagio, y el plagio es un delito.
En definitiva, se trata de desarrollar en ellos un criterio de selección (enseñándoles a buscar sin perder una eternidad de tiempo), juicio crítico, que sirve para crear a partir de lo que se lee y valora, respeto por los derechos de los autores, a los que debe citarse. (En nuestra época, también uno podía “copiar de la enciclopedia y listo”, es lo que hoy, con tiempos más acelerados, el investigador argentino Diego Levis llama el fenómeno del “fast study”.) Una buena pregunta sería si los docentes están capacitados para enseñar a buscar en la red…
Para los padres de adolescentes, el chat así como el facebook, tarea a la que los jóvenes dedican mucho de su tiempo diario, significa un ahorro de las muchas horas que nosotros, a esa edad, nos pasábamos en el teléfono. (Suponiendo que tengamos banda ancha y, si no fuera así, coloquémosla cuanto antes, porque el ahorro ES significativo.) Pero el chat, los foros de discusión, las redes sociales, las listas de correo de personas que comparten intereses comunes, el correo electrónico, además de mantenernos “conectados” (¿unidos?) presentan peligros también. Nadie sabe, salvo que sean amigos o compañeros de escuela, quién está del otro lado, pues la mentira sobre la propia identidad está a la orden del día en la web. Los chicos más pequeños brindan a perfectos extraños, con inocencia, las direcciones de sus casas, sus teléfonos, el nombre de su colegio. Ahí también los padres tendremos que explicar que proteger no es controlar y que ser prudente es una virtud, porque caminamos como ovejas entre lobos.
Dejemos para otra oprtunidad, el tema del empobrecimiento del lenguaje, de la influencia avasalladora del inglés. Esto da, por su extrema complejidad, para otro artículo, sin duda.
Los padres hemos de regular (“regula” en latín es regla, el camino trazado por el que se transita mejor y se llega siempre al objetivo que se desea) el “tiempo de pantalla” que gastan nuestros hijos e hijas. Los videojuegos, educativos unos, violentos por demás la mayoría, son verdaderamente adictivos y las horas vuelan sin que el niño o la niña practique un deporte, salga a jugar con los amigos, haga las tareas escolares, duerma las horas que necesita un chico o una chica en edad escolar.
Yendo de la computadora a la televisión, parafraseando una vieja canción de Charlie García, así pasan el tiempo que están en casa muchos de nuestros hijos e hijas. Mucho se debe a la inseguridad reinante (nosotros de chicos jugábamos frecuentemente en la calle), mucho al exceso de trabajo de los padres, que nos mantiene ausentes de casa, pero también a esa frase que nos sale tan fácil: “dejalo, mientras está sentado a la computadora, no molesta”.
No molestar. Dios nos confió a nuestros hijos para que los eduquemos, sin embargo, a veces, el cansancio mete la pata y los dejamos como pequeños náufragos en el mar proceloso de la red, de la red que los atrapa y los aleja de nosotros y de nuestros principios. Los principios que deseamos que sigan para que sean el día de mañana buenas personas.
Para los que quieran leer más:
1) Una familia en el ciberespacio. Cómo aprovechar Internet en la educación familiar, Fernando García-Fernández y Xavier Bringué Sala, Madrid, Ediciones Palabra, 2002.
2) Internet, videojuegos, televisión… Manual para padres preocupados, Serge Tisseron, Barcelona, Grao, 2006.
3) Amores en Red. Relaciones afectivas en la era Internet, Diego Levis, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005.
Lic. Patricia Nigro
Docente del INSTITUTO DE CIENCIAS PARA LA FAMILIA –
UNIVERSIDAD AUSTRAL
patricia.nigro@fci.austral.edu.ar